Enseñar a dudar en un aula que evalúa certezas
Tres cursos de filosofía en secundaria y una conclusión incómoda: el examen premia justo lo contrario de lo que decimos enseñar.
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Llevo tres cursos dando filosofía en secundaria y cada junio me enfrento a la misma contradicción. Durante el año repito que lo importante es aprender a preguntar, a sospechar de lo evidente, a sostener una duda razonable. Y en el examen final corrijo respuestas cerradas, puntúo definiciones memorizadas y penalizo al alumno que se atreve a decir «no lo tengo claro».
Lo que el examen enseña
Los estudiantes no son ingenuos. Aprenden muy pronto qué se valora de verdad, y no es lo que decimos en clase, sino lo que aparece en la nota. Si el examen premia la certeza, aprenderán a fingir certezas. Si premia la velocidad, aprenderán a responder antes de pensar. El sistema de evaluación es, en la práctica, el currículo real.
Evaluamos lo que es fácil de medir y terminamos enseñando solo lo que se puede medir.
Tres pequeños cambios
No tengo una solución completa, pero sí algunos intentos que han funcionado mejor que el examen tradicional:
- Puntuar las preguntas. Una parte de la nota depende de formular una buena pregunta sobre el tema, no de responderla.
- Premiar el cambio de opinión. Pido que expliquen algo que pensaban al principio del trimestre y que ahora ya no piensan, y por qué.
- Admitir el «depende». Siempre que venga acompañado de sus condiciones: depende de qué, y en qué caso cambiaría la respuesta.
La duda como competencia
Con la inteligencia artificial en cada bolsillo, las respuestas se han vuelto baratas. Lo escaso es el criterio para evaluarlas. Si la escuela sigue premiando la respuesta correcta y rápida, competirá en el único terreno donde las máquinas ya nos ganan. Enseñar a dudar no es un lujo filosófico: es la competencia que más va a necesitar este alumnado.
El próximo junio volveré a corregir exámenes. Pero esta vez, en la primera página, habrá una pregunta sin respuesta correcta.